Una tarde en... Trieste

Trieste

Hace mucho que no publico una entrada de viajes (vaaale, hace mucho que no publico, punto!) y la verdad es que tengo unas cuantas en el tintero, así que vamos con Trieste, bellísima ciudad italiana al norte del Adriático, con mucha historia y preciosos monumentos, que visitamos hace ya casi un año, a la vuelta de nuestro viaje por Istria.

De como tuvimos perro... y un pequeño flashback

Nunca olvidaré aquel sábado, hará unos 31 o 32 años, cuando mis padres nos dejaron a mi hermana y a mí en casa de mi abuela materna y se fueron a La Vaguada con mis abuelos paternos, que por aquél entonces vivían en Badajoz y habían venido de visita.

Cuando volvieron a casa, mi abuelo entró primero y me preguntó, como sin venir a cuento, "¿Cual es el regalo que más ilusión te haría?" Creo que esas fueron sus palabras exactas. Y yo, sin dudar, contesté que un perro.

Detrás de él llegaban mi madre y mi abuela y el último que apareció fue mi padre con algo en los brazos, tapado con su gabardina. Aún hoy tengo la imagen en la retina. Sin decir nada, destapó la sorpresa y ahí estaba él, un cachorro de cocker al que pusimos de nombre "Matachel" (lo del nombre es una larga historia!)
Matachel
Yo adoraba a ese perro y aunque por desgracia no estuvo con nosotros mucho tiempo, nunca olvidaré el momento de su llegada. Es, como dirían en la peli "Del Revés", un recuerdo esencial, el primero que me vino a la mente cuando vimos la película el verano pasado. (Por cierto, si alguien no ha visto la película, ya estáis tardando!)

Entre Matachel y Luna (la siguiente perrita), transcurrieron unos pocos años, pero por mientras tanto pasaron por nuestras vidas un par de gatos, varios conejos, dos hamsters y hasta un corderito. Cualquiera pensaría que vivíamos en una granja, pero no, aunque durante algunos años sí tuvimos la suerte de pasar las vacaciones en una casa maravillosa cerca de Mérida (Hermana, ¡ahí tienes tema para tu blog!) que se prestaba a todo tipo de convivencia con animales porque estaba al lado de una pequeña granja.

Luego vinieron Luna, Kenya, Trasgo y por fin, Tula, que oficialmente es la perra de Olivia y Rodrigo (no sé si en disputa con sus primos), pero que tiene su residencia en Madrid. Olivia la adora.

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El caso es que estos días me he acordado mucho de Matachel, de Tula, de mi infancia y de los recuerdos esenciales, porque durante sólo tres días hemos tenido un pequeño inquilino que nos ha dejado, como en la peli (y exagerando un poco) del revés. Aunque yo ya tuve mi dosis canina de pequeña y seguramente por eso ya no soy especialmente fan de los animales domésticos, durante esos días (que ahora me parecen como un espejismo), se me pasaron todo tipo de ideas locas por la cabeza.

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Pero ya se me ha pasado.

La colección (una entrada muy picante)

Nos gusta el picante. No a todos por igual, pero hasta Olivia empieza a hacer sus primeros pinitos con los chiles. El marido es adicto y su primogénito ha salido a él. A Rodrigo le costó un poco más, pero ahí va. Y a mí me empezó a gustar hace relativamente poco, en un viaje a México con amigos, ¡adaptarse o morir!

He aquí pues, mi particular homenaje a nuestra colección de picantes, que está en constante crecimiento y evolución:

La colección / The collection

Reflexiones y paisajes invernales

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Llevo siglos sin pasar por aquí, no por falta de ganas, si no por falta de tiempo. Y no es que sea precisamente la mujer más ocupada del mundo, pero no sé qué pasa entre septiembre y las Navidades, que parece como si la tierra girase más rápido y los días durasen menos. El caso es que entre unas cosas y otras nos hemos plantado a finales de enero y ya ni vienen a cuento ni las felicitaciones ni los propósitos de año nuevo. Porque además, en mi caso, nada como pregonar un propósito a los cuatro vientos para no cumplirlos.

Cuarentañera: por fin, las G R A C I A S, con mayúsculas

Soy de las que no les disgusta cumplir años. Aparento menos de los que tengo, y aunque cuando me pedían el carnet en las discotecas me sentaba como un tiro, ahora obviamente... ¡me encanta!

Sin embargo, los 40 me daban reparo.

Y el día que los cumplí, ya desde bien temprano, como que me cayeron estupendamente. No sé si es que me había pasado los días previos vaciando el trastero (y quitándome varios pesos de encima) o que realmente los 40 son fantásticos, el caso es que me sentaron de maravilla, mucho mejor que los 30.

Oda a Cádiz y al veraneo

MYEDD

Porque aunque no hace ni tres semanas que volvimos de vacaciones, parece que hace una eternidad cuando disfrutábamos del dolce far niente en las playas de Cádiz (aunque lo de far niente sea un decir, porque con niños ya se sabe... )

Y es que en esta familia no se conciben las vacaciones de verano sin nuestras dos o tres semanas de playa, en las que la máxima preocupación es si alguien se habrá acordado de comprar hielos para el tinto de verano. Nos conformamos con poco. Lo que viene siendo el veraneo propiamente dicho, el de toda la vida, vaya, el de mi infancia, ese en el que te quitas el reloj el día que llegas y te lo vuelves a poner el que te marchas. Sin wifi, sin móvil, sin televisión... que televisión hay, pero ¿quien la necesita, con estas vistas y con esta compañía?

Tarde de globos

Esto es lo que pasa cuando juntas globos y niños pequeños. Que empiezan más o menos relajados:

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