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Verona, o la guinda del pastel (tercera y última parte)

Podría empezar esta entrada diciendo que desde que leí Romeo y Julieta siempre había querido ir a Verona... o que la historia me parece taaan romántica, que subir al balcón de Julieta era la ilusión de mi vida. Pero, ni he leído Romeo y Julieta, ni la historia me atrae especialmente. En realidad, cuando F me propuso pasar una noche en Verona, aprovechando nuestro mini viaje "de novios", ni si quiera pensé en Shakespeare. Y sin embargo, a pesar de la lluvia, de las marabuntas de turistas y de que es tan pequeña que en una tarde la tienes vista, no me extraña que Shakespeare se inspirase en esta preciosa ciudad para escribir la que, dicen, es la historia más romántica del mundo.

Según yo, lo de menos son la casa de Julieta y su balcón (que para más inri, se añadió a la construcción original a principios del siglo XX, para adornar la leyenda), y eso que, gracias a la lluvia (o quizás a que fuimos madrugadores), tuvimos la suerte de verlo totalmente vacío.
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Es pequeña y se ve rápido, pero tiene el encanto de las ciudades con historia que, además, se mantienen intactas. Porque en el centro histórico, en el interior de la muralla, todo está (aparentemente) como hace unos cuantos cientos de años, y eso, en mi opinión, es lo que la hace más especial. Es una ciudad fotogénica.

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Aquí la primera parte del viaje por el Lago di Garda.
Y aquí, la segunda parte.